El Ponquecito Rosa: Un cuento infantil

¡Hola a todos! Hoy en mi país se celebra el día del niño, así que pensé en compartir un cuento aquí para que lo lean con sus hijos, sobrinos, primos o hermanos menores. Espero que les guste tanto como a mí, y que lo disfruten 😉

La imagen es de “Freepik”, modificada por mi persona. En fin, sin más preámbulos:

 

El Ponquecito Rosa

¿Alguna vez te has preguntado a dónde van los ponquecitos que se caen de la mesa y no se recogen? ¿Te has preguntado qué sucede con aquellos ponquecitos que de la nada se pierden, desaparecen?

¡Muy bien! ¡Presta mucha, pero mucha atención! Shhh… Haz silencio… Te voy a contar…

Ellos… ellos van a la Sociedad Subterránea de Ponquecitos (SSP, abreviando). Ésta es, como su nombre lo indica, una sociedad de ponquecitos que se encuentra bajo tierra. Hay una debajo de cada ciudad, y en ella gobierna el Ponquecito Mayor (o Supremo). En ésta sociedad hay dos reglas. La primera es que los ciudadanos no pueden subir a la superficie bajo ninguna (repito: NINGUNA) circunstancia, ya que los humanos podrían comérselos.

En la SSP la mayoría de los ponquecitos son blancos, y por encima tienen adornos de colores rosados, azules, verdes, blancos, amarillos y rojos. Y el caso es que se hacen llamar así: ponquecito blanco, ponquecito azul, ponquecito rosa, etc. Dichos ponquecitos deben casarse con otros de su mismo color (para mantener la línea genética), lo que nos lleva a la segunda regla: no pueden juntarse con ponquecitos de otro color que no sea el propio.

¿Te dije que la mayoría de los ponquecitos son blancos, cierto? Pues la otra parte de ellos son de color diferente… sí, son distintos… son… (no lo vas a creer) ¡marrones! ¡Sí! Son marrones, de un llamativo color oscuro, y algunos tienen un centro particularmente blando y jugoso. Y, ¿sabes qué? estos ponquecitos son tan frecuentemente comidos por los seres humanos, que usualmente no llegan muchos a la SSP, por lo que son conocidos como extraños, raros, y los padres ponquecitos de otros colores no dejan que sus hijos se les acerquen.

La razón por la que te estoy contando todo esto es porque en la SSP vive la ciudadana de la que te hablaré. Ella es la hija de unos padres rosados, los cuales son de gran importancia en la sociedad. Ella es Pinkish, el Ponquecito Rosa. Vive en una residencia rosa, junto con otros ponquecitos rosas. Parece genial, ¿verdad? A excepción de que… (no le cuentes a nadie) …a Pinkish le gustaría ser de otro color. O quizá en realidad no sea eso, sino… tal vez conocer ponquecitos de otros colores interesantes…

Porque todos los ponquecitos rosas son iguales. Son exactamente iguales (uy, sí, ya sé lo que piensas: ¡que aburrido!). Piensan igual, hablan igual, se ven igual… Uno de sus amigos es Inanem (otro ponquecito rosa), y lo es porque es el único amigo que sus padres le dejan que tener. Ellos dicen que no pueden permitir que las demás personas la vean con ponquecitos de otro color (eso arruinaría su imagen). A Pinkish le gusta estar con Inanem la mayoría de las veces, pero últimamente se ha hecho muchas preguntas a las que Inanem no da importancia, y eso a ella la entristece. A ella le gustaría hablar con alguien que pensara parecido a ella, que se interesara por las preguntas que ella hace, alguien que no tenga miedo de salir a la superficie con tal de obtener respuestas.

Un día Pinkish acuerda encontrarse con Inanem cerca de la quebrada (una especie de catarata, que en vez de agua, de ella emana leche condensada, líquido vital para la supervivencia de todo ponquecito). Ella es la primera en llegar, y ve sentado solo en el suelo a un “marrón” (como le suelen llamar en la SSP a los ponquecitos de ese color). Pinkish piensa en lo duro que debe ser para él ser tan diferente del resto. Piensa en cuán solo se debe sentir la mayoría de las veces, en cuántas cosas tendrá que decir, en cuántas querrá compartir… con alguien.

—Hola… mi nombre es Pinkish —le dice acercándose tímidamente (ella debe ser cuidadosa, pues nunca antes había hablado con un “marrón”).

Él frunce el ceño, pues no es usual que un “rosado” (como usualmente son llamados por los marrones) le dirija la palabra.

—¿Por qué estás hablándome? —Como comprenderás, al sentirse rechazado por los rosados, todo “marrón” tiende a parecer hostil.

—Por la misma razón que tú lo haces: ¡porque puedo! —dice ella con una sonrisa.

—Interesante —responde él, pensativo (es bueno que sepas que cuando él piensa, se rasca la quijada con la punta del dedo índice de una de sus pequeñas manos, y dirige su mirada hacia el cielo, como si allí encontrara la respuesta a todas sus inquietudes)—. No lo había visto de esa manera. Mi nombre es Scelerisque.

—Mucho gusto —Pinkish muy conmocionada (debes entender que ella realmente no sabe si está emocionada o asustada por lo nuevo de la situación, y por no saber qué decir, hace una pregunta muy sencilla)—. Cuéntame, ¿cómo está tu vida?

—Muy bien, de hecho —él la mira fijamente, tratando de leer a través de sus expresiones cuáles son sus verdaderas intenciones. Duda un momento, y después de unos segundos, decide confiar en ella, por lo que responde con honestidad—. Aunque a veces me parece que esa ley de que no nos podemos juntar con ponquecitos de otros colores es absurda. Es decir, no es como si el color de otro se nos fuera a contagiar —y con voz melancólica, que delata su tristeza, añade—. Y además, ¿qué hay de malo en ser diferente?

Esas palabras penetran en el dulce corazón de Pinkish, porque nota que ambos piensan igual, pero la SSP no piensa como ellos, por lo que responde, impactada y encantada de encontrar a alguien como él:

—Cierto…

En eso llega Inanem, quien se asusta (cuando él se asusta, sus ojos de gomita se agrandan tanto que parece que estuvieran a punto de estallar), y dice con voz chillona, ocasionada por el miedo:

—¡Pinkish! —mueve los bracitos con vehemencia, como si agitara una bandera —, ¿por qué hablas con un marrón?

—¿Ves a lo que me refiero? —pregunta Scelerisque a Pinkish, moviendo la crema de su cabecita de un lado a otro, profundamente decepcionado—. Nos hacen ver como si fuéramos monstruos. ¡No lo somos! Somos ponquecitos —dice dirigiéndose ahora a Inanem—, tal como tú y Pinkish, solo que de otro color.

Pinkish asiente con la cabeza.

—Muy cierto.

—¿Nos podemos ir? —pregunta Inanem, con agitación, a causa del susto.

—¡Sí! ¡Lárguense, ponquecitos rosas! —grita Scelerisque, enojado, pensando que quizá Pinkish no es tan diferente del resto—. ¡Vayan con sus semejantes rosas! ¡Diviértanse siendo rosados! —dice en un tono más bajo, lleno de decepción, y más para sí mismo que para los otros dos, bajando la mirada hacia sus manitos de color marrón:—. Yo me quedaré aquí, siendo distinto… y estando feliz de poder serlo.

Ante tal explosión de emociones, Pinkish e Inanem salen conrriendo, pero a lo largo de todo el trayecto ella no puede dejar de pensar en lo que Scelerisque dijo, y en cuánta razón tenía.

—¿Por qué somos así? —pregunta ella.

Inanem queda impresionado y preocupado. Esa clase de preguntas no son frecuentes en la SSP. ¿Qué le habría dicho ese ponquecito marrón para hacerla pensar cosas como esa? Pregunta con frustración: —¿Cómo así?

—Rosados —dice ella caminando de un lado para otro (Inanem piensa que ella llegará a abrir un orificio en el suelo, lo que le hace preguntarse qué habrá debajo de éste) —. ¿Por qué nosotros somos rosados y otros no? ¿Por qué todos los ponquecitos no somos iguales?

Inanem niega con la cabeza, pues nunca se había hecho esa pregunta —No sé. Y realmente no me interesa saberlo. Es decir, mira a los marrones. Son diferentes, inferiores. ¿Por qué deberíamos siquiera tomarnos la molestia de pensar en ellos?

Pinkish suspira enojada. Ella detesta que los de su color se sientan superiores a otros, sin embargo, pronto se le pasa el enojo.

—No hables así de ellos. Son ponquecitos, igual que nosotros. Merecen respeto.

—¿Respeto? —pregunta en tono de burla Inanem—. ¿Por qué deberíamos respetar a seres inferiores?

¿Por qué se les considera seres inferiores? Es lo que se pregunta. ¿Por ser diferentes? ¿Por no ser la misma copia aburrida que son los demás?

Ella, desde lo más profundo de su ser, quiere saber la respuesta.

—¿Nunca te has preguntado por qué no nos dejan estar con ponquecitos de otro color? —pregunta después de un rato, entendiendo que discutir con él no la llevará a ningún sitio.

—No —responde él secamente, apretando sus pequeños labios de fresa fuertemente, pues realmente no quiere pensar en eso.

—¿No podrías pensarlo ahora? —pregunta ella alzando una ceja, queriendo que él piense como lo haría el recién conocido Scelerisque.

—¿Para qué? —pregunta él con la arrogancia propia de quien se cree superior, haciendo una mueca de desdén—. No tengo interés alguno en juntarme con ellos —suspira, esperando una respuesta, por parte de ella, que nunca llega —. ¿Y tú?

Eso la sorprende, haciendo que abra sus ojos de gomita.

—Yo tampoco.

Pero ella miente.

Al llegar a su casa, piensa en lo que habló con Scelerisque. Piensa que todo debe tener una razón, y que ella no puede ser así solo porque sí. Al siguiente día, lo vuelve a encontrar en el mismo sitio, a la misma hora.

—¡Volviste! —dice él, impresionado. Había llegado a pensar que ella era simplemente otro ponquecito, uno más del montón —. No creí que fueras a hacerlo.

—Sí, volví —responde ella, bajando la vista, algo apenada—. Me gusta hablar contigo, ¿sabes?  Sé que los demás piensan que eres un monstruo, y que eres diferente, y que muchos te detestan por eso, pero a mí no me importa —suspira, sonriendo ampliamente —. Pienso que es genial que seas diferente.

Él duda de sus palabras. Nunca nadie le había dicho algo semejante. No sabe si enojarse, emocionarse, o actuar con indiferencia.

—Claro, y ahora vas a decir que soy especial, o algo así.

Ella sonríe de nuevo.

—De hecho, eso creo. Creo que eres especial, y diferente, y que eso es genial. No me importa lo que los demás piensen, a mí me agradas y punto.

Él la ve de soslayo, comprendiendo que no está bromeando.

—Tú también eres extraña, ¿sabes?

—Gracias.

—No era un halago.

Ella encoge sus hombros cremositos.

—Para mí sí lo era.

Él ríe.

—De acuerdo, Pinkish. Cuéntame, ¿cómo va tu vida?

Ella piensa en decirle que todo va bien, y luego se dice mentalmente que él no es un ponquecito común, y que de seguro él sí comprenderá la situación que ella está atravesando.

—Aunque no lo creas, no va tan bien como me gustaría. Siempre estoy con los mismos ponquecitos, hablando de las mismas cosas, haciendo lo mismo, esperando lo mismo… A veces llego a creer que me quedaré aquí por siempre, que la vida se resume solo a esto: a estar encerrada, a nunca poder salir, y eso me aterra. No quiero permanecer aquí para siempre.

—¿Quieres salir? ¿A la superficie? —pregunta él con voz aguda, impresionado. No es común encontrarse con un ponquecito que dice que quiere ir a la superficie, sabiendo que eso significaría la muerte segura.

—Lo que más me aterra en todo el mundo es quedarme estancada, sentir que no avanzo. Y actualmente, así es como me siento. Que nunca me iré de aquí, que tendré una vida como la de mis padres, que tendré sus mismas responsabilidades, que haré lo mismo que ellos.

—Que te convertirás en ellos —dice él.

—Exacto.

Él duda un momento.

—¿Y qué hay de Inanem? ¿Te casarás con él?

Ella frunce el ceño, exaltada.

—¿Casarme? ¿Quién habló de casamiento?

—Siempre estás con él —dice, y luego se retracta, pensando que eso sonó como si la persiguiera a todos lados para ver lo que hace o con quién está todo el tiempo—. Es decir, cada vez que te veo por aquí estás con él.

—Eso es porque él es el único amigo con el que mis padres me permiten estar.

—¿Y no has pensado que eso es quizás porque planean que te cases con él?

Ella piensa un momento. Eso explicaba mucho, a decir verdad.

—Yo solo quiero respuestas a mis preguntas, no un casamiento.

Él se rasca el mentón de cremita, interesado.

—¿Qué preguntas?

Pero ella no quiere contarle todo un solo día.

—¿Qué tal si te cuento mañana?

Él suspira, emocionado de que ella haya sugerido la idea de encontrarse de nuevo.

—De acuerdo. ¿Mañana a la misma hora?

Ella asiente con la cabeza. Se ven al siguiente día. Y se siguen viendo por el resto del mes, y otros más. Ambos llegan a la conclusión de que las repuestas que Pinkish tanto quiere no están en la SSP. Y llega un punto en el que están hablando, y después de un momento de silencio, él dice:

—¿Te atreverías a ir a la superficie?

Ella vacila, abriendo sus ojitos de gomita.

—¿Contigo?

—Sí —dice él tímidamente, deseando que ella diga que sí.

—Eres el ponquecito más alocado que he conocido en toda mi vida —sacude la cabeza de un lado a otro—. Y la respuesta es sí; claro que iría contigo a la superficie.

Ambos acuerdan el día, la hora, el momento. Acuerdan que sin importar lo que les digan los demás, harán el viaje. Ellos harán el viaje más grande de sus vidas, el más arriesgado.

Y los padres de Pinkish dicen que es una locura, y que los humanos podrían comérsela.

—¿No crees que estás arriesgando demasiado por una respuesta?

Pero ella está decidida.

—El riesgo valdrá la pena.

Ella se encuentra con Scelerisque, y ambos piden permiso al Ponquecito Supremo para salir de la SSP. Él dice que es extremadamente arriesgado, y que una de las normas estipula que bajo NINGUNA circunstancia se puede ir a la superficie.

—Sé que es arriesgado, y eso no me importa. Mi sueño es saber las respuestas, y sé que las encontraré allá afuera.

El ponquecito Supremo lo piensa un momento, y dice:

—Si les sucede algo, queda bajo su responsabilidad. Hice lo que pude para detenerlos, y ustedes, a sabiendas de las posibles consecuencias, quisieron ir. No me haré responsable de la muerte de alguno de ustedes.

Emprenden el viaje, y llegan a una cocina. Buscan en un libro de repostería, y…

—Durante mucho tiempo te has preguntado por qué somos diferentes, por qué soy marrón y tú no —dice Scelerisque—. Por qué los ponquecitos no tenemos el mismo color, y la respuesta es… ¿esta?

—A mí me parece una buena respuesta —dice ella sonriendo—. Me gusta. A pesar de que es inesperada, hace que sienta que el riesgo valió la pena.

—Claro que valió la pena, pero…

—¿Pero?

Vacila un momento, rascándose el mentón.

—Soy diferente porque soy de chocolate, ¿en serio?

Y es así, querido lector, como resulta que aquellos que nos parecen diferentes, realmente son tan valiosos y necesarios como nosotros, y merecen una oportunidad para formar parte de nuestra vida.

En serio la merecen.

 

¡Feliz día del niño!

Gracias por leer. Recuerda que, si te gustó el cuento, puedes compartirlo en tus redes sociales, al igual que seguirme en las mías 😉 Las que más uso son Instagram, Twitter, Facebook y Tumblr.

Recuerda que ya puedes adquirir Brújula Perdida, segunda parte de la trilogía No Me Dejes Ir 😉

 

Les ama, Violet Pollux ❤

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s