La luz en una noche de tormenta: un microrrelato de Brújula Perdida

¡Hola a todos! Estoy muy emocionade porque el próximo mes planeo publicar Brújula perdida, la segunda parte de Más que solo amigos, y mientras estaba editando la novela me encontré con este relato que me súper llenó de ternura y pienso que también les puede gustar 😉

Si es así, recuerda compartirlo y suscribirte al blog. ¡Es gratis! 😀

 

Max y yo teníamos once años, y una tarde comenzó a llover. Había relámpagos, truenos, mucho ruido y un pobre Maximilian asustado; le tenía miedo a las tormentas. Lucía perdido, paralizado, casi no hablaba, se veía pálido… Simplemente era horrible. Cuando llegó la noche, el clima seguía igual, y mi mejor amigo comenzó a temblar y llorar silenciosamente. Yo estaba en su habitación, porque habíamos acordado que ese día dormiría allí, y lo vi tan frágil y quebradizo que no se me ocurrió nada más que abrazarlo.

Fue la primera noche que dormimos juntos, porque no, no iba a dejar que se durmiera así, temblando y llorando, y definitivamente no fue la última.

Al siguiente día, se le veía normal; parecía que las 24 horas previas ni siquiera habían ocurrido. Me alegré por esto, debido a que había temido que esa tormenta lo dejara irreconocible, y le dije que ese día también me quedaría en su casa, para hacer más cosas que no habíamos podido hacer dado el clima. No obstante, para mi sorpresa, lo que dijo que quería hacer era ver una película de terror.

Le recomendé no hacerlo, porque después no podría dormir, que ya había sido suficiente con el día anterior, pero él insistió en que la vería, que nada ni nadie lo detendría, así que decidí, como un buen mejor amigo, verla con él, para que no le diera tanto miedo o para ayudarlo en caso de que ocurriera.

Durante toda la película se la pasó chillando y gritando, porque claro que le daba miedo (se trataba de Max y él era muy sensible con respecto a esas cosas), así que llegado un punto le dije que me tomara la mano si tenía demasiado miedo… y así hizo. También me abrazaba o se escondía bajo mi brazo, y yo solo negaba con la cabeza una y otra vez, porque sabía que había sido una mala idea desde el principio.

Cuando acabó el filme, él tenía los ojos cerrados, tal como los había tenido desde hacía diez minutos, y me estaba abrazando. Yo pestañeé varias veces, esperando a que se quitara y, cuando entendí que no lo iba a hacer, tosí.

—Ya acabó la película, Max.

—Pero aún tengo miedo.

Suspiré.

—Está bien, abrázame si te hace sentir mejor.

Y siguió abrazándome. Por cuatro horas más. Estábamos viendo televisión y, por favor, lo que veíamos ni siquiera era de terror, era una simple serie, pero él igual siguió abrazándome. Cuando llegó la noche, el rubio estaba acostado en su cama y yo en una colchoneta en el suelo, ya la luz estaba apagada y las cortinas cerradas, por lo que había completa oscuridad en la habitación y, justo antes de que caer en brazos de Morfeo, lo escuché hablar.

—¿Estás dormido?

Abrí los ojos de golpe y carraspeé.

—¿Quieres abrazarme?

—Es que aún tengo miedo por la película —Su voz que en ese entonces era aguda y algo adorable.

—Está bien, ya me…

Pero ya él se encontraba en mi colchoneta, conmigo, abrazándome. Tenía la cabeza sobre mi pecho y lo sentía respirar con dificultad. Llevé mi mano a su cabello y comencé a acariciarlo, porque sabía que le gustaba que le hicieran eso, y su respiración empezó a volverse normal.

—Gracias, Westley.

Sonreí.

—Está bien.

El detalle está en que al siguiente día volvió a pedir ver una película de terror, por lo que, sí, volvimos a dormir abrazados. Y el día próximo a ese, para mi sorpresa, cuando llegó la noche, me preguntó si no estaba incómodo en esa colchoneta en el suelo, si no era muy dura para mi espalda.

—No, estoy bien aquí, gracias —respondí.

—¿Seguro? —insistió él con su voz chillona y cargada de preocupación—. Es que no quiero que tengas frío y…

Me levanté de la colchoneta y me acosté en la cama con él.

—Si querías que durmiera contigo, solo tenías que decirlo.

Sabía que estaba sonrojado porque él siempre se sonrojaba por todo, y lo escuché toser un poco por los nervios.

—¿En serio?

—Claro —sonreí y le acaricié el cabello—. Somos amigos. Podemos decirnos lo que sea.

—Es que… me da vergüenza.

Reí y nos arropé a ambos con la sábana.

—¿Por qué?

Negó con la cabeza y mantuvo una cierta distancia.

—No lo sé. Somos hombres. Creí que te parecería raro.

Solté una risa y él se tensó un poco.

—Eso no tiene nada que ver —Se relajó y soltó un suspiro—. Mi abuela me lo explicó hace años; las cosas no tienen que cambiar o ser distintas solo porque seamos hombres… Yo te quiero igual.

Él asintió con la cabeza.

—Está bien.

Pero aún notaba cierta inseguridad por parte de él. Parecía en una lucha consigo mismo, como si no fuera completamente él o como si se estuviera cohibiendo.

—¿Quieres que te dé la mano? —pregunté en un intento por ayudar a que se relajara porque, por el amor al cereal, ¿quién iba a dormir estando incómodo o tenso?

—Si quieres —salió con su vocecita aguda.

Le tomé la mano bajo la sábana y lo escuché tragar saliva, apenado.

—¿Estás bien?

—Sí. Es que… me siento un poco solo. Es todo.

Me sentí indignado y ofendido por sus palabras.

—Pero no estás solo —comenté en un tono de voz que intenté no fuera demandante o atemorizante, porque lo que menos quería era asustarlo más y que se reprimiera tanto que me terminara echando de la cama—. Estoy aquí. Contigo. Siempre.

—Pero…

—Ven aquí.

Lo atraje hacia mí con mis brazos y terminé colocándolo sobre mí de tal forma que su cabeza quedara sobre mi pecho. Subí la sábana hasta arroparnos a ambos y guié mis brazos hasta su espalda, cubriéndolo y hasta cierto punto acurrucándolo, haciéndole entender que estaba ahí con él, que siempre lo estaría, y que él no tenía que sentirse avergonzado de ello.

—Me gusta estar así contigo —admití.

—A mí también —confesó después de unos segundos.

Sonreí y volví a acariciarle el cabello, para que se relajara más y pudiera dormir.

—Deberíamos dormir así siempre —comenté.

—¿En serio? —su voz sonaba temerosa, ansiosa e insegura, todo a la vez y con ese toque chillón que tanto lo caracterizaba.

—Por supuesto. Si a ambos nos gusta, no veo por qué no hacerlo.

Pero él seguía con sus dudas.

—¿No te molesta?

—Lo que me molesta es que no me hayas dicho antes que querías dormir así. No tengo problema alguno en hacerlo y sabes que puedes decirme lo que sea siempre, Max, lo que sea, porque estoy aquí para ti y eso nunca va a cambiar.

Él asintió con la cabeza y sentí que su respiración se tranquilizó incluso más; ya empezaba a quedarse dormido, por lo que me permití sonreír.

—Te amo —escuché que dijo.

Mi sonrisa se hizo aún más grande.

—Yo también te amo —Le besé la frente—. Buenas noches, pequeño.

—Buenas noches.

 

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Les ama, Violet Pollux ❤

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