La Rosa Roja en primavera: un Cuento para no tan niños

¡Hola a todos! Hoy traigo una historia de “Cuentos para no tan niños”, una colección de cuentos para adolescentes y adultos que quiero publicar este año. Espero que les guste tanto como a mí ❤

En caso de hacerlo, recuerda que puedes compartirlo con tus seres queridos y suscribirte al blog ❤ Es gratis 😉

 

La Rosa Roja en primavera

Rosa Roja era hermosa, y en primavera, radiante. La venían a ver desde el sol hasta Plutón, porque así de encantadora era. Todos la admiraban, se morían por ella, por una gota de su atención, cariño y afecto… y…

Bueno, y ella solo se reía.

Le gustaba que la admiraran, que vieran que era hermosa, que los demás se estuvieran muriendo por ella…

Pero no era más que eso: le gustaba. Era divertido. Le gustaba la atención que recibía, y solo por eso seguía con los juegos de abejas, aunque no cedía ante ninguna criatura que fuera a perseguirla como si fuera miel.

—Todos son muy poca cosa para mí —decía—. Soy demasiado increíble y especial como para prestarle atención a alguno de ellos.

Rosa Roja parecía una simple rosa, pero en realidad era una jugadora. Su juego eran los demás: con ellos se divertía, se entretenía, pasaba el rato y se deshacía de su aburrimiento.

 

Llegó la cumbre de la primavera, y se sentía más poderosa que nunca: todos se morían por ella, la admiraban, rogaban por una pizca de su atención, porque les dedicara una de sus miradas perfumadas…

Pero sucedió el verano. Y como el clima estaba caluroso, ya no iban tanto a verla. Después de todo, era como rogarle a un cuadro de arte que te devolviera el amor y cariño que le dabas: sabías que no lo haría nunca, porque no estaba en su naturaleza. Así que dejar de verla… tampoco era que hacía una diferencia muy grande, ¿de acuerdo?

Sin embargo, Rosa Roja, por su parte, no entendía por qué de la nada tenía menos público. Había una diferencia pequeña entre su número de admiradores anteriores y los actuales… no obstante, como estos le daban toda la atención que necesitaba, no se preocupó demasiado.

O, más bien, rehusó a hacerlo. Al fin y al cabo, era Rosa Roja, la rosa más hermosa y asombrosa de todo el universo.

—Quizá es por el clima —se dijo—. Y cuando llegue el otoño, ya estando más fresco el aire, todos volverán a mí y me admirarán como antes.

Pero pasó justo lo contrario: llegó el otoño y solo quedaban unos pocos de sus admiradores de primavera y verano. Había algunos nuevos, lo que parcialmente compensó la pérdida, pero la rosa estaba profundamente confundida. ¿Se habrían equivocado de jardín y terminaban yendo a otro pensando que era en el que estaba ella? ¿La buscaban en otros sitios porque debido al cambio de color en el ambiente estaban un poco desorientados?

¡Sí, debía ser eso! Es que era obvio: la razón por la que ya no venían a verla era porque se confundían, no porque ella ya no fuera interesante o no les llamara la atención: ¡estaba más que claro!

 

En invierno nadie iba ya a verla, pero no se preocupó porque, después de todo, era invierno, hacía mucho frío y los astros que acostumbraban a verla no eran muy amantes de esta estación. ¿Conclusión? ¡No había nada por lo que alarmarse! La primavera sería una mejor época, quizá incluso mejor que la del año anterior, y todo estaría bien de nuevo. La admirarían, recibiría halagos, atención, palabras hermosas…

¡Y todo sería como antes!

Con el detalle, para su desgracia, de que no fue así… ni en lo más remotamente parecido.

En invierno, un animal enorme de esos que parecían no temerle a nada se acercó a la rosa y, tras olfatearla un poco y darle vueltas, la mordisqueó. Le arrancó algunos pétalos, otros los rasgó, y le dejó una marca permanente en la parte central de su tallo.

Rosa Roja estaba sufriendo: le dolía muchísimo que le arrancaran partes de sí. Por suerte, en un punto logró herir al animal con sus espinas, por lo que él se alejó, dejándola en paz y huyendo.

Ella se sintió aliviada y se echó a llorar de felicidad: ¡había sobrevivido al ataque brutal de un animal salvaje! Cuando se sintió mejor y recuperó el dióxido de carbono, quiso contarle a alguien lo que le había ocurrido y el hecho de que se había salvado… pero después de unos minutos se dio cuenta de que no había nadie.

—Es que… ¡cierto, es invierno! ¿Cómo pude olvidarlo? ¡Qué tonta soy! —dijo—. Es obvio que no hay nadie cerca por la estación en la que estamos… ¡pero apenas termine, podré contarles a todos de mi aventura asombrosa, y entonces me admirarán incluso más, porque soy una valiente luchadora!

Esperó pacientemente y con fervor al inicio de la primavera. Contaba los días hasta que llegara el momento en el que la vida renaciera, los colores vivos se pintaran de nuevo en todos los paisajes, en el que volvieran a salir todos sus animales favoritos (los no salvajes)…

¡Y el momento llegó!

¡PUM!

¡Ahora era primavera!

Todo era hermoso, todo era fresco y pintoresco, todo era cálido y llamativo… a excepción de ella misma. Su aventura con el animal salvaje la había dañado más de lo que creía posible, y de manera irreparable; estaba condenada a verse así, tal como tras el accidente, por el resto de su existencia.

Y ella, a pesar de ser tan conocedora de lo hermoso y bello en el mundo, no entendió que fue por esto que no recibió visitas esa primavera. No había ni rastro de astros, animales amigables ni nadie que fuera a admirarla, y mucho menos a escuchar su historia.

Hubo solo un animal que estuvo viendo todo lo que ocurría con Rosa Roja desde su florecimiento: Petirrojo, un ave colorida y un poco gruñona. Lo vio porque una de sus amigas, Ardilla, vivía cerca, así que, cuando iba a visitarla, podía observar lo que ocurría con la flor.

Desde el inicio esta ave se dio cuenta de lo que realmente ocurría con la rosa, por lo que no cayó encantado por ella ni se convirtió en uno de sus admiradores. A lo largo de sus visitas a su amiga, pudo confirmar que lo que pensaba de Rosa Roja era cierto, al igual que su inevitable final… que era básicamente lo que estaba ocurriéndole ahora.

—Me da mucha pena esa flor —comentó Petirrojo con Ardilla.

—¿Por lo fea que se ve? —inquirió ella con una voz chillona y apresurada.

—No, sino porque… —se rió un poco, pero luego sacudió la cabeza emplumada, enseriándose una vez más—. Bueno, sí, en parte es porque ahora se ve fea cuando antes alardeaba tanto de su belleza y actuaba como si fuera superior por ello, pero… además de eso, me da pena porque sé que piensa que alguien volverá.

—¿Volverá a qué?

—A verla, a admirarla, a visitarla, como quieras llamarle… pero es obvio que no será así.

Estuvieron unos segundos sin decir palabra. Petirrojo devoraba un gusano, su amiga disfrutaba de una nuez… cuando su vista paró detenidamente en la flor, y dejó de comer, suspirando.

—Deberías ir a decirle que nadie va a ir a verla.

—¿Y ser yo el pájaro de mal agüero? No soy mi primo, ¿sabes?

La ardilla sacudió la cabeza peluda, cada vez sintiendo más y más pena por la rosa.

—Está esperando a alguien que nunca llegará. ¿No crees que al menos merece saberlo?

—Cuando los animales, astros y demás iban a verla esperaban que ella correspondiera a su amor, o que siquiera los mirara, pero nunca lo hizo. Lo que pienso que esa flor merece es exactamente lo que está viviendo.

Ardilla pudo ver que los pétalos de la flor se inclinaron hacia abajo. Sabía que se debía al desánimo de la rosa. Sintió incluso más pena, mezclada con un poco de lástima.

—Por favor, hazlo, ¿sí? No porque se lo merezca, sino porque yo te lo pido. Por favor.

El ave suspiró, sintiéndose derrotado. ¿Por qué debió mencionar el tema en primer lugar? ¡Debió haberlo dejado pasar!

—De acuerdo. Pero lo hago solo por ti, porque esa flor no me agrada para nada.

—Me ha quedado más que claro, tranquilo.

Petirrojo salió volando de la casa de Ardilla y aterrizó en frente de Rosa Roja.

Cuando esta vio que había llegado alguien, se alegró profundamente, y alzó de nuevo sus pétalos, reluciéndolos, a pesar de que algunos estaban estropeados. Pensó cómo había practicado el inicio de su aventura con el animal salvaje, recordando los detalles, y justo antes de comenzar a hablar y soltar lo que había estado muriendo por  contar durante tanto tiempo, el ave dijo:

—Oye, Rosa Roja… —El ser con alas se le acercó—. No sé si lo has notado, pero nadie viene a visitarte.

—Oh, ¿sabes a qué se debe eso? Lo que pensé es que de seguro todo el mundo se confundió de jardín, y por eso no han venido, así que si pudieras ir y decirles que estoy aquí te…

—Saben que estás aquí, pero no vienen a verte porque no quieren —respondió con sinceridad el ave.

El corazón de la rosa se partió en miles de pedazos.

—P-P-Pero… ¿por qué no quieren?

Petirrojo tomó aire, preparándose para lo que vendría a continuación. Sabía que no sería fácil para su interlocutora, pero no era culpa de él.

—Nunca formaste relaciones de verdad, nunca te interesaste por nadie. Solo te preocupabas por ti, nunca por nadie más. Solamente querías la atención de otros, que te admiraran, pero… no querías que fueran tus amigos. Nunca los trataste como tal.

Se acumularon lágrimas espesas en los pequeños ojos de Rosa Roja.

Jamás pensó que unas palabras pudieran doler tanto.

—Y-Yo… —inquirió, pero el ave la interrumpió.

—Todos te ofrecían su cariño, todos te dieron de su amor, pero… era muy poco para ti. Nadie era suficiente para ti; eras demasiado hermosa y nadie te merecía…

—Yo s-solo los… —masculló la rosa, llorando a mares—. Solo l-los…

—Los veías como un juego —concluyó Petirrojo—. A nadie le gusta que jueguen con él, a nadie le gusta ser un juguete de alguien más… así que aquí estás.

—Sola.

El ave se sentía un poco mal, pero apenas una pizca.

—Esto que tienes es lo que construiste, por lo que, si vas a quejarte de alguien, quéjate de ti misma.

Todo aquello era mucho para la rosa. Es decir, sí, lo que decía esa ave era cierto, pero… ese hecho no lo hacía menos doloroso.

—Y… ¿q-qué fue lo que co-construí? —preguntó con un hilo de voz.

—Soledad —respondió Petirrojo.

Debido a que la rosa no dijo nada más, él decidió irse volando. Ya había cumplido con ese favor para su amiga Ardilla, así que se sentía bastante libre.

Sin embargo, cerca de allí, había un ser que se sentía exactamente al contrario: Rosa Roja. Con sus pétalos rasgados, con una herida en el centro del tallo, con una historia por contar y nadie dispuesto a escucharla, se sentía encarcelada.

En una jaula que ella misma construyó. Entre unos muros que ella misma alzó. En un castillo que creía que la hacía superior a los demás, pero que en realidad los alejaba de ella, y sin forma de remediarlo.

Lloró más. Deseó poder retroceder en el tiempo y tratar a los demás como se lo merecían. Deseó haber hecho amigos auténticos, aunque fuera uno solo…

Pero, en cambio, hizo lo único que se le fue a la mente: cerró sus pétalos.

FIN.

 

Sé que esta historia no tiene un final feliz, pero quería retratar con ella lo que pienso que ocurre mucho hoy en día. Nos preocupamos solo por “tener fans”, porque “la gente nos admire”, y no creamos relaciones reales con las personas. Nuestro miedo a ser vulnerables es lo que nos aleja de las amistades y conexiones verdaderas. El tratar a otros como juguetes u objetos hace que terminemos solos.

 

Por lo general, cuando publico historias gratuitas, hago un pdf de ellas y lo subo a servidores en la nube para que ustedes los puedan descargar, pero como este cuento es muy corto, pienso que hacer eso no es muy productivo. El otro sitio donde publicaré este cuento será en Wattpad, donde he creado un apartado en el que iré subiendo algunos cuentos de esta colección. 

 

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Son cosas pequeñas, pero que ayudan muchísimo.

 

Miles de gracias por haber leído esto, de verdad significa muchísimo para mí. ¡Los amo y gracias por el apoyo! ❤

 

All the queer love,

Violet Pollux

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